sábado, 7 de julio de 2012

Varios enlces y reproducción de interesantes artículos de investigación sobre la tradición universitaria de las estudiantinas, vulgo "La Tuna".

La Tuna "Moderna" o la institucionalización de la Estudiantina

 http://www.issuu.com/tunae_mundi/docs/la_tuna__moderna__o_la_institucionalizaci_n_de_la_?mode=window&backgroundColor=%23222222







 Sociedad, Universidad y Tuna

 http://www.issuu.com/donguaraguao/docs/felix_martin_sarraga_sociedad__universidad_y_tuna?mode=window&backgroundColor=%23222222




jueves, 5 de julio de 2012

Escritos de etnografía y tradiciones populares leonesas: el Barrio de Santa Marina y aspectos tradicionales sobre su fiesta - Enramadas, hoguera, mazapán, cantos y otras tradicioness

Escritos de etnografía y tradiciones populares: 

Varios artículos de carácter etnográfico y costumbrista al respecto de las fiestas y el Barrio de Santa Marina, Parroquia de Santa Marina  "La Real" (León, España). 

Territorio urbano, a nivel popular, para algunos hoy inexactamente también conocido como "Barrio Romántico". Término empleado a la hora de referirse, parcialmente, a su zona mas próxima al "Jardín del Cid" y, en concreto, a su concurrida "zona de vinos". Una circunstancia que se debió al hecho de haber sido rebautizada dicha zona verde como "Jardín Romántico", en los años 70.
 
Todos han sido  publicados en Diario de León en años pasados

Lugar monográfico sobre el tema, administrado por el auto,r donde se hace alusión a esta entrada https://www.facebook.com/groups/729589177216585/permalink/854223994753102/




Santa Marina: cátedra y solar de las ciencias y las letras leonesas y lugar de origen de su universidad

Seccción:Tribuna. Diario de León, 15/07/2017
Héctor-Luis Suárez Pérez
Profesor y antaño "mozo del barrio".

http://www.diariodeleon.es/noticias/opinion/santa-marina-catedra-solar-ciencias-letras-leonesas-lugar-origen-universidad_1174676.html


Hasta que la expansión urbana acaecida a lo largo del siglo XX propició en la ciudad de León nuevos espacios urbanos para la ubicación del saber y su docencia, el barrio de Santa Marina ha constituido un constante entorno de acogida. Circunstancia que durante mucho tiempo y todavía en la actualidad, se pone de manifiesto con diferencia cuantitativa sobre otras zonas de la ciudad. A ello se ha debido el amplio, variado y notorio elenco de centros educativos y templos del saber que han albergado o albergan su solar en tan arcaico territorio.

En un desglose de conjunto es obligado el inicio con la mención de Colegiata y Basílica de San Isidoro. Cenobio religioso, artístico y del saber referencial desde la Edad Media —no solo en el Reino de León y su capital—, que custodia una otrora referencial y bien dotada biblioteca. A la par, ha sido lugar de aprendizaje y morada de prestigiosos eruditos: desde el medieval Santo Martino hasta recientes abades como Llamazares o Viñayo y en sus muros se han ubicado todo género de centros educativos del más alto rango investigador. Entre otros, durante algún tiempo, el internacionalmente prestigioso Instituto Bíblico Oriental. Asimismo, a lo largo de la década de los setenta del siglo XX —hasta la constitución de la Facultad de Derecho y construcción de su actual edificio en el campus—, en San Isidoro halló sitio para sus aulas primero la Escuela de San Raimundo de Peñafort y más tarde la propia facultad. Como de igual modo ocurriera con el Colegio Universitario, directo antecesor de la Universidad de León. Significada institución docente que, en sus años de su arranque —a fines de la década de los setenta y primeros ochenta del siglo XX—, ubicó su Aula Magna también en dependencias isidorianas.

Pero otros lugares del barrio de Santa Marina han sido cobijo asimismo de la realidad universitaria en la capital leonesa durante largo tiempo. Por ejemplo, en terrenos casi colindantes a San Isidoro, inició tanto su trayectoria docente como la tradición universitaria leonesa la prestigiosa Escuela Veterinaria. Un centro que nació vinculado a la Universidad de Santiago de Compostela y que, desde 1860 a 1932, así como desde 1940 a 1947, halló lugar para su sede y aulas en las dependencias del antiguo y desamortizado convento de los Descalzos y en su capilla anexa, contigua a Puerta Castillo. Edificio que, a finales del siglo XX, vio sustituida su fábrica monacal por otra de moderna factura que, desde hace más de medio siglo, ha pasado a albergar el Instituto Nacional de Bachillerato Legio VII.
Durante buena parte del siglo XX y hasta su traslado al no lejano campus de Vegazana en el siglo XXI, en la calle Álvaro López Núñez y en los límites de la demarcación parroquial se erigió la Escuela Normal de Magisterio. Su singular edificio de ladrillo pasó entonces a convertirse, como en el caso anterior, en Instituto Nacional de Enseñanza Media, en concreto el Claudio Sánchez Albornoz. Una institución para la formación de docentes que, ya en los años treinta del mismo siglo XX, tiene su antecesor en la Escuela Normal de Maestras. Centro que se ubicaba al principio de la calle Serranos en un singular edificio de ladrillo, hoy desaparecido, y que, traslada la escuela a la Normal, pasó a ser sede de las municipales Escuelas de Ponce (de León), de niñas y niños.
Otro hito de formación académica universitaria y antecesor de la Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales fue, desde el siglo XIX y en la primera mitad del XX, La Escuela Pericial de Comercio, ubicada en la calle Pablo Flórez, contigua al centro de maestras referido. Muy próxima, desde 1961 halló también espacio en las calles Arvejal y La Canóniga Vieja, la Escuela de Asistentes Sociales, hoy Escuela Universitaria de Trabajo Social. Una de las pioneras a nivel nacional en su ámbito, como ya hubiera ocurrido en su día en el caso de Veterinaria, que es además sede de la comunidad religiosa conocida como ‘las italianas’. Este centro se ubicó en un edificio cuya artística fábrica recuperó fragmentos patrimoniales arquitectónicos ubicados antes en otras zonas del barrio. En concreto, algunos elementos de la portada antecesora del actual colegio de Las Discípulas, que no se destinaron a San Isidoro como fachada del edificio sede del San Raimundo citado.

Hasta finales del siglo XVIII en este real, nobiliario e ilustre barrio de Santa Marina estuvo muy activo el importante colegio jesuita de San Miguel y Santos Ángeles. Amplia dependencia donde, entre otros, residió el ilustrado Padre Isla y estudió el celebérrimo Cardenal Lorenzana. Un centro formativo que, tras la expulsión de España de la orden jesuita, pasó a ser ocupado por otro referente de la docencia religiosa: las Escuelas Pías. Precisamente es tras dicho suceso cuando su capilla pasó a albergar la ubicación de la sede parroquial, renombrándose el templo como parroquia de Santa Marina la Real, denominación y función hasta hoy mantenidas.

Para concluir, no olvidaremos mención de otros centros docentes, por ejemplo el primer colegio Agustino local, sito en la plaza de San Pelayo y colindante con el actual colegio de las Teresianas que, a su vez, en su fachada a la calle Pablo Flórez tiene en frente el colegio de las Discípulas de Jesús y el decimonónico centro formativo de la Sociedad de Amigos del País, hoy Escuela de Artes y Oficios. Éste último, en su día importante centro formativo ilustrado y origen de la Caja de Ahorros, une y amplía sus instalaciones con otras modernas —al otro lado de la manzana— en calle de la ‘Canóniga Vieja’, zona que pertenece ya a la parroquia de San Juan de Regla y donde desde mediados de los setenta se ubicaron la Escuela de Biológicas y el Colegio Universitario, luego Escuela Oficial de Idiomas. Tampoco olvidemos que la institución ilustrada Amigos del País, ya desde el siglo XIX, albergó escuelas propias de música y de artes pioneras en la ciudad.

Además existen o han existido diversos colegios de enseñanza primaria o secundaria con internado, como el citado de las Teresianas, el de las Carmelitas de Vedruna en ‘La Canóniga Vieja’, hoy Cardenal Landázuri y, extramuros, los de San José de los Maristas y, a su espalda, el de las Agustinas Misioneras con su moderno colegio Mayor, homólogo del Miguel de Unamuno, radicado en San Pelayo, además de Escuelas municipales de primaria como las citadas de Ponce o las del Cid. Hasta el primer tercio del XX se añaden la escuela de Hermógenes Carniago, en Serranos y, el colegio ‘Belinchón’, hoy Colegio Leonés que completan el grupo junto a las entrañables y rigurosas clases particulares de derecho desde las que, el humanista, polifacético, e injustamente destituido, vilipendiado y olvidado leonés, Don Honorato García Luengo, ayudó a formar una prestigiosa generación de abogados, algunos hoy todavía vivos y casi centenarios. Sin olvidar academias como Cervantes, Minerva o Lumen, o la musical Chopin, que llegan hasta hoy. En suma, una ilustre realidad de la que no todos pueden presumir en sus fiestas: ¡Que viva Santa Marina!



El agua en el viejo León entraba por Santa Marina

Seccción:Tribuna. Diario de León, 18/07/2015
Héctor-Luis Suárez Pérez
Mozo del barrio.

http://www.diariodeleon.es/noticias/opinion/agua-viejo-leon-entraba-santa-marina_994676.html

Foto gentileza Diario de León


La ciudad de León, durante siglos se ha abastecido de agua de diversas procedencias. Las más recientes de los ríos Porma, Luna y un tiempo antes del Torío. La necesidad de comodidad en su provisión y de mayores cantidades de líquido elemento entre la tropa romana y el vecindario, obligaron su captación en diversos manantiales sitos a escasa o relativa distancia en el entorno campamental. Con posterioridad, desde estos lugares se canalizó hasta la polis dando lugar «el agua de la traída». Pero esto no ha sido todo: intramuros, en la antigüedad romana también se han aprovechado litros de posible origen pluvial que eran recogidos en aljibes y otros depósitos. Además, los leoneses se han servido de la extraída del propio subsuelo y sus abundantes acuíferos. Un hecho que tomó forma a través de diversos ingenios como los pozos y que, al igual que en otras zonas del casco viejo, todavía conservan varios patios del caserío del Barrio de Santa Marina. Extramuros, la provisión acuosa podía ser tomada de aquellos caudales que, alegre o mansamente, corrían a través de las medievales presas de riego circundantes del amurallado perímetro urbano. Cauces creados para propiciar la necesaria humedad que mantenía verdes los prados y huertos del alfoz. Era el caso de la célebre presa de San Isidro que, a modo de foso del castillo discurría por la Era del Moro, facilitando el hidráulico funcionamiento del Molino Sidrón, todavía en pie.

Además, en lo funcional, la ancha presa posibilitaba una próxima ubicación para el solaz de lúdicos baños infantiles, aportando así una alternativa que evitaba el largo paseo hasta el río en aquellos años donde, en lugares como el pilón de San Isidoro la inmersión no era posible, salvo que te tirasen… y en los que todavía las piscinas eran inexistentes. Una cotidiana situación que se prolongó en el tiempo hasta los años de infancia de mi padre – también del Barrio-, en el primer tercio del XX. Como se puede comprobar a través de la fotografía, en aquel no lejano momento histórico, la rapacería también alternaba espacio y chapoteos con incontables coladas generadas por legiones de lavanderas. Muchas probablemente de Ferral, que eran las más renombradas. Pero en este elenco evocador no se puede olvidar la mención a los pozos artesianos, entre ellos el mítico y todavía existente caño Santa Marina o del Arco la Cárcel. Ni tampoco a las fuentes y manantiales del extrarradio y otras zonas más alejadas, entre ellas las de La Copona, el Monte de San Isidro o los Altos de Nava desde donde, «a cantaros», el agua se recogía por los aguadores locales.

Así que, primero por nuestros antepasados de la época romana y luego promovida por el ilustrado y popular monarca Carlos III, desde las fuentes y charcas otrora existentes en las inmediaciones de la Laguna Cantamilanos y el llamado Alto de la Nevera, en la carretera de Asturias, el agua se recogía y bajaba sobre una ancha tapia que, a modo de acueducto, atravesaba prados donde años más tarde se edificarían los Maristas y las actuales casas militares, para llegar a Puerta Castillo. Estratégico lugar en el cual, merced a las acuáticas salubres intervenciones de Carolo el Fontanero se ubicó además la enorme arca principal de recogida, en 1785. Depósito todavía mencionado por Madoz, que ostentaba el llamado Caño del Arca, visible hasta la construcción con sus restos del actual arco de paso peatonal en el interior de la muralla hace unos veinticinco años. Un almacenamiento desde donde el agua corriente se distribuía a toda la ciudad, sus palacios, caños, fuentes y pilones, a través de dos arterias —una por San Isidoro y otra por el Convento de las Clarisas—. Vías realizadas primero al estilo y diseño romano —con alguna tubería metálica o cerámica y de canalizaciones a base de tégulas y opus cimenticium— y, con posterioridad, ya desde el siglo XV entubadas en plomo u otro metal. Dicho lo cual, podemos afirmar con orgullo que, el agua «de la traída», durante siglos ha entrado en la ciudad de León por la parroquia y el Barrio de Santa Marina la Real. Todo un honor, «con lo que en el barrio también gusta el vino», sobre todo en las fiestas y en su zona del Romántico.

Pues bien, parte de aquellas canalizaciones romanas —todavía conservadas y visitables en el barrio, aunque en su nueva ubicación frente a la Diputación, en el Jardín del Cid—, dio la casualidad que se excavaron en los veraniegos días de una de aquellas ediciones de fiestas del barrio, en el arranque de los ochenta. Como quiera que el campo arqueológico urbano, sin vallar, y el campo de las danzas y demás jolgorios coincidieron en ubicación, alguna que otra graciosa anécdota surgió cada noche de fiesta. En especial, cuando la madrugada despertaba. Para dar más aliciente, por aquel entonces en los almacenes municipales no existía chapa suficiente para tapar la totalidad de la extensión de la arqueológica zanja surgida —de algo más de un metro de ancho y otro tanto de hondo— y que discurría a lo largo de toda la acera de Puerta Castillo, desde el Arco hasta la entrada de la antigua capilla de los Descalzos. Menos mal que frente a las escaleras de la cárcel vieja, que era el punto alto empleado como escenario, y en la zona del inolvidable puesto de los melones y sandías, se colocaron las planchas existentes permitiendo así el bailoteo del personal sin que entre los bailarines alguien cayera «al abismo».

Pero tampoco las vallas amarillas eran suficientes para cerrar el resto de furaco no tapado, por lo cual, todas las noches éstas misteriosamente acababan en el interior de la zanja. A ello se añadía en la época la insuficiente iluminación y el alumbramiento interior que muchos de los asistentes a las concurridas verbenas y demás actos adquirían en la magnífica tasca de la comisión de mozos. Oráculo del bebercio ubicado en el rinconín de la plaza donde hoy hay una mosca enorme de Arrollo. Por tanto, la pista americana para todo tipo de simpáticas acrobacias y debates parlamentarios sobre la situación de la obra, estaba servida. En honor a la verdad y a la memoria, prácticamente no hubo cliente de la cubatera barra, fuera o no vecino del barrio que, en el fragor de la torrija no explorase en cierta ocasión el fondo de la lúdica y cargada de historia trinchera. Incluso alguno tirándose de narices todo lo largo que era para acto seguido regresar al relleno de su consumición allí vertida. Tampoco faltaron a la sombra del enramado Pelayo un variado abanico de los que se zambullían con todo el equipo al regresar al abrevadero desde la acera de enfrente, donde Benavides, que era el lugar en el cual se hallaban los puestos de tiro de escopeta de perdigón, tómbolas y la rifa de perros piloto y de enormes cachas rellenas de caramelos atendida por el feriante Barata, de las Ventas.

Hubo cada mañana en la zanja más caramelos que agua en sus buenos tiempos, con el consiguiente y lógico cabreo de los arqueólogos —entre ellos Fernando, muchos años profesor del Colegio Leonés— y la alegría de la gente menuda. Y todo eso, en una casi milenaria conducción acuática, ya sin agua. Vamos, que los mozos de Santa Marina, en un castizo barrio leonés como se ha visto tan relacionado con el agua y lo que no es agua, nos adelantamos treinta años a los castillos hinchables, pero en superficie más dura… y también a los parques acuáticos, y a las performances, y al surrealismo callejero…

¡Felices fiestas del barrio de gente más fina que habita en León! ¡Viva Santa Marina!
Artículo de 1901 sobre las Fiestas del Barrio en el periódico El Porvenir de León (arriba) y foto y titular en Diario de León de 1982 donde aparecen los mozos y el magnífico mazapán "de más huevos" de León que se realizaba con motivo de las fiestas (abajo)


Fotos del monumental Mazapán de las fiestas de Sta, Marina 1983 y tradicional recorrido con el mismo por el barrio en 1981. Gentileza col. José Luis Alonso de Santiago y col. del autor. 

 
 Foto gentileza de Miguel Salgueroy su colección (izquierda) donde aparece el "ramo al Pelayo", dispuesto al modo tradicional sobre el arco, publicada en https://www.facebook.com/groups/729589177216585/permalink/853093994866102/https://www.facebook.com/groups/729589177216585/permalink/853093994866102/ y (derecha) foto de la colección del mismo autor publicada en el mismo lugar https://www.facebook.com/groups/729589177216585/permalink/847824592059709/ de fines de los sesenta o inicios de los setenta, tomada días despues de la fiesta por lo que todavía aparece la espada de Don Pelayo hacia abajo, en seña de tregua, como cada año mandaba la tradeición moceril para esos días de celebración,


 


Santa Marina: «La fiesta de barrio con más huevos»
Seccción:Tribuna. Diario de León, 18/07/2010
Héctor-Luis Suárez Pérez
Musicólogo y en su día «mozo del barrio».

Santa Marina: «La fiesta de barrio-¦ con más huevos» ( Diario de León - 18/07/2010 )

El Arco de la Carcel o de Santa Marina, en Puerta Castillo (León). Pelayo con la espada hacia abajo y en su brazo izquierdo ¿podría ser una bandera de España sin desplegaro, atendiendo a la costumbre en tal línea? un objeto seguro presente resto de las fiestas de ese año
Foto colección La Gafa de Oro  Gentileza Filmoteca Castilla y León .

Comenzó la primera de las últimas y recientes etapas de puesta en valor o recuperación de las castizas fiestas del Barrio de Santa Marina en la primavera de 1980. Todo se debió a la iniciativa del entonces párroco de Sta. Marina «La Real», D. José María Barrero, cariñosamente conocido como «el Chema» por quienes conformábamos la juventud parroquial de aquel entonces. Su ocurrencia implicaba un pensado modus operandi de «personalísima intervención pastoral parroquial».

Éste se manifestaba a través de la organización de algún tipo de sencillo y participativo festejo popular de honra a nuestra querida y gallega patrona su aparentemente inocente planteamiento original, la propuesta debía de servir tanto de aglutinante como de revulsivo social y religioso de su parroquia y por tanto del barrio incluido en ella. Un antañón conjunto éste, sito en el mismo centro de la ciudad y mutado por el paso del tiempo en la compleja configuración social que manifestaba en aquellos controvertidos tiempos de cambio. Arrancó el proyecto tras quince o dieciocho años de letargo festivo forzados por tal complejidad vecinal, el envejecimiento o la inactividad y falta de iniciativa moceril festiva. Tímidamente, planteado «a título parroquial» y a modo de prueba, casi sin tiempo para su gestión, el bueno de Don José María se puso manos a la obra. Con una fórmula tan vieja como eficaz, su estrategia se esbozó correcta e intuitivamente desde planteamientos puramente antropológicos heredados de la costumbre. Los mismos giraron en torno al fomento del refuerzo identitario colectivo, a partir de la participación en una empresa común - en éste caso, provocada por la puesta en valor, dignificación y rescate de la tradición festiva patronal propia, perdida por la comunidad-. No malició el promotor las consecuencias en el paisanaje de su en apariencia inocente «tejemaneje» y por tanto, el resultado resultó un revulsivo, sí, aunque no totalmente en la línea que el clérigo pretendía.

Pero a pesar de la escasa publicidad, el proyecto parroquial quedó al albur de la severa y crítica observación del sorprendido, siempre bueno y como se ha dicho, controvertido vecindario. Conjunto humano castizamente concienciado sobre el tema, además de auto considerado ferviente portador vivencial de la ortodoxia en la tradición festiva al respecto. Por tanto y como si de una obra de Berlanga o un episodio de «Don Camilo» se tratase, la polémica quedó servida para algunos sectores y el tema se abrió al cómico debate surrealista en los naturales y convenientes foros de costumbre. Es decir, para los varones la barra de bares o tabernas y para las señoras, superada la época del caño y el lavadero, el mostrador de panaderías, tiendas de ultramarinos, etc. Sin resolver nada finalmente, como también es costumbre, antes y después de la celebración, los polemistas «se pusieron las botas» a opinar y debatir de modo cósmico, activa y acaloradamente asuntos como la esencia de la fiesta del barrio, la licitud y conveniencia del protagonismo del párroco, el color clarete del vino-¦, las carencias, novedades y aciertos del programa frente a tiempos pasados, así como lo que más se echó de menos: «el ramo del Pelayo», «la carrera de la rosca», «la hoguera», etcétera Recuérdese que, como ya comenté en algún artículo precedente, «ser de Santa Marina» era y es para muchos de sus moradores o nacidos en él - entre los que, si se me permite, me incluyo- un honroso blasón de marcado sentido de adscripción grupal en la tradición local capitalina. Sentimiento compartido por otros barrios históricos.

Pues bien, en medio de tan prototípica panorámica general «a la leonesa» y con «oídos sordos» a la misma, varias fueron las particulares ideas de Don José para salvar la ocasión. Así, con el soporte logístico y humano de «los monaguillos» y de los integrantes de los grupos de jóvenes parroquiales, el también controvertido clérigo de sotana diseñó un sencillo conjunto de actos alrededor de la vespertina Misa Mayor del sábado. Actos que, finalmente y de modo casi súbito para esa edición festiva, verían su materialización a través de un flamante, sorprendente y esperado programa de fiestas, a la par que breve. Eso sí, por supuesto, carente en sus contenidos de baile y de otros inevitables actos tradicionales «sospechosos de promover agresiones a la moral y faltas de recato». Trasnochados argumentos para hoy que entonces «pesaban mucho».

Para hacer realidad dicho programa festivo varios entusiasmados adolescentes parroquiales editamos un naif programa de fiestas. Artesanal en su factura a multicopista, resultó de edición más que correcta gracias a la impagable colaboración de los PP. Agustinos y en concreto a la paciencia del entonces joven y montañero P. Isaac Insunza. Se presentaba dotado de escasa publicidad y en formato a tamaño folio, a una tinta sobre hojas de colores, que le aportaban variedad. El «programa azul», sorprendió a los parroquianos y se repartió por todos sus domicilios para, como era costumbre, obtener las oportunas propinas paliativas del gasto. Su contenido se desglosaba enfocado a recuperar y poner en valor varias tradiciones del barrio, algunas de índole gastronómica y relativas también a festividades de Santa Marina provinciales. Entre ellas el reparto de la apañada y efectiva «limonada leonesa», bien fresquina, y el de «arroz con leche», ofrecido por varias vecinas y típico en algunas mesas como postre del día de Santa Marina. Pero al buen párroco, el conjunto todavía le parecía poco original y no se le ocurrió otra cosa para salir de la rutina que ofrecer a la patrona algo que llamase la atención de todos: un enorme mazapán. Postre argumentado en la usanza de un pueblo de la provincia vinculado en su historia medieval a las posesiones del desaparecido y otrora poderoso Monasterio de Santa Marina, antecesor de esta parroquia.

La simpática novedad y «embolao» del cura retó la capacidad profesional del maestro pastelero Campazas, de San Mamés, gracias a quien ¡cobró vida el mazapán!. Eso sí, no falto de problemillas como la realización del propio molde o los emanados de la responsabilidad que de su buen oficio demandaban el diseño, las dimensiones y un rico resultado. Algo que, por cierto, logró de modo magnífico, pues muchos recordamos todavía su reparto... Parecía incomprensible que la troceada multitud de esponjosos pedazos del enorme dulce - unas mil raciones -, desapareciera en tiempo record.

Conseguida la colosal obra repostera, para dar juego al evento y procurar su difusión, ocurriósele al buen párroco acompañarla de un sonoro y festivo paseo previo a la misa. Así, a modo de sorollesca «procesión de los panes» en los murales de la Hispanic Society de New York, perjeñó el asunto, aunque portando el roscón en parihuela, sin pendones - recuperación que también rondó su iniciativa, pues se conservaba la vara- y sin imagen patronal, ni cruz y ciriales. De tal guisa, en una soleada tarde de julio, cobró realidad el planteamiento acompañado con los machacones sones del reclamo heráldico de una improvisada y voluntaria banda de cornetas y tambores. Integrada por componentes y excomponentes de la Banda de Minerva oriundos del barrio, con instrumentos cedidos por su entonces seise, el inolvidable «Oscarín Trobajo».

Durante el cortejo por las calles próximas a la parroquia, el enorme presente resultó acompañado inesperada y espontáneamente por algunos vecinos. A título de anécdota, varios vecinos, desorientados por la novedad, la falta de propaganda y ante la ausencia de cruz y ciriales, recibieron el evento como si de un festivo e idolatra acto pagano de exaltación popular del gran «roscón» se tratase y no como improvisada presentación de ofrenda para su oportuna bendición en la misa posterior, tal y como pretendía el inocente D. José María. Eso sí, previa también a su cristiano reparto siguiendo el criterio de «cucharón y paso atrás».

No resulta extraño que, ante tan excepcional e inesperado acontecimiento, en un barrio castizo como éste, la ironía popular no se hiciera esperar, surgiendo el chascarrillo de modo espontáneo. Así y derivado de las detalladas explicaciones numéricas a propósito de los ingredientes del enorme roscón, por las que el honrado pastelero indicaba que tenía más de dos mil huevos, se generó aquello de que Santa Marina era «el barrio que tenía más huevos-¦ para hacer y procesionar un mazapán».
La participación vecinal y los comentarios que los mayores nos hacían, dieron pie a que el año siguiente los mozos formásemos una comisión y rehiciéramos la fiesta ya con todas sus peculiaridades tradicionales naturales, incluido el novedoso mazapán -¦ «de los huevos». Un roscón que no dejó de traer p olémica pues el buen párroco, un año más tarde y debido a nuestra inclusión del baile, no accedió a dejarnos «sus» moldes a los mozos para su elaboración ni a celebrar la misa.



Tradición y orgullo de barrio: Santa Marina

Seccción:Tribuna. Diario de León, 19/07/2009
Héctor-Luis Suárez Pérez
Musicólogo

Tradición y orgullo de barrio: Santa Marina ( Diario de León - 19/07/2009 )
 
 La "presa de San Isidro" que serví de foso y regaba las huertas en el actual centro de León dirigiéndo su cauce hacia el Molino Sidrón, en la Era del Moro, delante de ella. Foto colección Instituto Leonés de Cultura. Gentileza Diputación León.

 Antes que nada, quisiera resaltar a través de este artículo como todavía en la actualidad la celebración de la fiesta de barrio constituye un importante hecho de notable interés para el etnógrafo y el antropólogo, planteado desde múltiples perspectivas. Al tratarse de una manifesta ción lúdico-social, fruto de un sentimiento y trabajo colectivos y además, caracterizada por su marcado vínculo a un grupo vecinal concreto, su desarrollo genera actividades peculiares que contribuyen a reforzar ese atractivo interés. Y lo hacen tanto por su singularidad en el diseño, hecho diferencial que las caracteriza y distingue frente a otras similares, obra de otros grupos locales, como también inevitablemente, lo hacen en base al desarrollo de los aspectos vivenciales compartidos que desencadenan y que refuerzan los lazos afectivos entre sus protagonistas.

Pues bien, un año más, con el ecuador del verano, el cálido mes de julio acerca la fiesta al Barrio de Santa Marina. Castizo y singular, su angosto espacio físico representa uno de esos pocos reductos de nuestra vieja capital que continúa manteniendo vivo entre muchos vecinos y leoneses ese peculiar y entrañable orgullo de pertenencia al mismo. Sentimiento cu asi tribal que, misteriosame nte en nuestra contemporaneidad, todavía allí se siente y palpa vivo como honorífico marchamo de estirpe. Un blasón vigente tanto entre muchos de sus actuales moradores, como por supuesto y por tradición, entre los que en su día lo fueron, allí nacieron y se criaron. Vamos, que con ello nos hallamos ante lo que, en términos técnicos, el profesional del ramo de antropología o de las ciencias sociales valoraría como un aspecto vinculado al «grado de adscripción étnica» de un grupo social. Concepto éste clara y castizamente ejemplificado a través de aquella voz popular que canta: «Somos de Santa Marina, la gente más fina que habita en León-¦».

Pues bien, precisamente para el erudito, uno de los marcadores de este tangible «nivel de relevancia social» despertado por tan «identitario» asunto, se fundamentaría en dos diferentes modos de manifestarse. Uno representado por la aludida característica de afirmación en el sentimiento colectivo de «orgullo patrio». Otro, planteado como consecuencia directa del aspecto anterior, que atiende al hecho por el cual, en la actualidad, algunos entusiastas vecinos del barrio todavía sean capaces de promover y mantener vivas iniciativas y acontecimientos colectivos tradicionales importantes, propios de comportamientos vitales hoy en desuso en entornos urbanos y consiguiendo cierto grado de continuidad.

Por tanto, frente a una realidad tradicional bien distinta no muy lejana en el tiempo y repleta de eventos d e este tipo -fiestas de Santa Ana, de San Mamés, de San Lorenzo-¦ -, y en la actualidad ante su escasez dentro de nuestra ciudad, las fiestas del Barrio de Santa Marina constituyen una auténtica reliquia de celebración vecinal. Una realidad casi sublime para el investigador de las tradiciones populares locales, que además surge desde la iniciativa popular y no desde la institucional, en una ciudad de complicado perfil socio-participativo como es el León de nuestros tiempos. Por ello, vaya un año mas desde aquí mi enhorabuena y el aliento a los organizadores, su Asociación de Vecinos del Barrio, con su presidente Hermenegildo a la cabeza, extensiva también a todos los vecinos en general, a los participantes, activos o pasivos y a los colaboradores tradicionales, como son la Cofradía del Desenclavo o la Asociación de Hosteleros del Romántico, los patrocinadores publicitarios y también al personal colaborador del Ayuntamiento, por hacer bien su trabajo en relación al evento. E incluso también como no, a quienes participen de la fiesta o lean estas líneas y desp ués «comenten la jugada». Entre todos lograrán que no decaiga la ilusión y que no se interrumpa el natural discurrir festivo anual.

Y expuesto esto, vamos a lo vivencial afirmando que Santa Marina continúa siendo un barrio jaranero por naturaleza, con su centro del jolgorio en la actualidad desplazado hacia las zonas de Torres de Omaña y el romántico Parque del Cid. Gracias a este sentimiento festivo un año mas el Santo Niño Pelayo, martirizado en Córdoba -que no el regio Don Pelayo bastante anterior, como equivocadamente rebautizan algunos despistados - volverá a adornarse con su verde y elegante ramo. Un ramo que, siguiendo un operativo actualizado, hoy en día literalmente resulta «puesto por el Ayuntamiento» y sus técnicos, lógicos sustitutos de los arriesgados mozos trepadores del barrio de antaño.

En aquellos tiempos, la subida a lo alto del Arco implicaba también consigo el ascenso a cuestas de la pesada enramada y las banderas de León y España, sin olvidar el cohete que, ya desde arriba, tirábamos al terminar el adorno. Su explosión marcaba el inicio de la fiesta, momento provocador del aplauso general de los asistentes e inicio oficial del jolgorio. Pero el operativo citado no quedaba en el mero adorno vegetal ancestral, ya que se completaba de otro rito consistente en poner hacia abajo la espada de la pétrea y erosionada mano de nuestro santo niño guerrero, en señal de tregua.
El Arco quedaba de la guisa descrita durante unos días y hasta el final de las celebraciones, momento triste en que regresábamos, también ceremonialmente, para retirar todos los archiperres. Acto seguido, ya en el cercano corralón de San Albito, procedíamos a quemar la descendida y seca enramada en la hoguera tradicional de la noche de cierre de las fiestas de Santa Marina. Era este un acto muy familiar y vecinal, numéricamente no muy concurrido, que se desarrollaba alrededor del canto y baile, del chocolate y la queimada. El broche lo ponía el canto del «Somos de Santa Marina», despidiendo las últimas brasas. Con la quema del ramo se cerraba el ciclo de este ancestral rito vegetal hasta una nueva edición. Así había sido siempre. Leoneses y vecinos: ¡Viva Santa Marina!



¡Hoguera por Santa Marina!
Seccción:Tribuna. Diario de León, 18/07/2008
Héctor-Luis Suárez Pérez
Musicólogo

 ¡Hoguera por Santa Marina! ( Diario de León - 18/07/2008 )
 
UN AÑO más llegamos al ecuador del séptimo mes y con él, la ancestral celebración de las populares fiestas del castizo, Muy Ilustre y Real Barrio de Santa Marina, de la capital legionense. Una cronología anual ésta que, en relación con la devoción a dicha Santa, antaño y en el entorno rural de nuestras comarcas, se ubicaba espacialmente en el calendario del lenguaje coloquial a través de expresiones como «por Santa Marina» o «por Santiago». Pero, en primer lugar aclaremos ¿quién era Santa Marina? La joven Marina, con su cacha y su palma de mártir, iconográficamente es conocida también como «la San Miguel femenina» al presentar alegóricamente bajo sus pies un dragón. Fue hija del gobernador romano de Galaecia y Lusitania. Nació en el siglo II, según algunos cerca de Pontevedra y según otros, en el orensano Xinzo de Limia. Cobró vida fruto de un parto múltiple que atemorizó a su propia madre, ante los posibles malentendidos de ilegitimidad que tal circunstancia pudieran ocasionarle. Tal miedo la llevó a encomendar el destino de varias de estas hermanas a una de sus criadas para así procurar su supervivencia. La criada las educaría como cristianas. Pasado el tiempo su padre, enterado de su existencia, les ofreció su aceptación oficial -matrimonio, según otras fuentes- si abjuraban del cristianismo. Ante la negativa, la joven Marina y sus hermanas fueron sometidas a tormentos a los que milagrosamente sobrevivieron, ante lo cual a nuestra protagonista le sería cortada finalmente la cabeza. Según la tradición esto ocurrió en la actual localidad orensana de Santa Marina de Aguas Santas, cercana a Allariz, así nominada por haber surgido un manantial en el lugar donde la joven fue decapitada. Un lugar donde hoy se alza un templo de origen románico dedicado a ella. Por ello, hablar de esta arcaica festividad indefectiblemente nos lleva a recordar que muchos son los puntos de nuestra provincia sensibles a dicha devoción, entroncada en el medievo mas lejano.

En el caso capitalino, ello se demuestra por medio de la existencia de este entrañable barrio, geográficamente vinculado a parte del perímetro campamental romano y medieval primitivo. No obstante, en la provincia no es menos conocida y así por ejemplo, los coyantinos de pro, todavía recuerdan su advocación gracias a la imagen de su popular «Cristo de Sta. Marina», venerada talla oriunda de la desaparecida iglesia de tal denominación. Un lugar donde como en la capital se hacía hoguera en esta festividad. Otras localidades provinciales ostentan igualmente su patronímico como denominación local. Es el caso de la orbigueña Santa Marina del Rey o de Santa Marina de Valdeón, en el cantábrico y famoso valle, por no olvidar a Santa Marina del Sil, en la berciana ribera de dicho río. También en el minero Bierzo Alto se halla Santa Marina de Torre, antaño Santa Marina de Montes y, no lejana, al otro lado de los montes, está la maragata Santa Marina de Somoza, antaño documentada como Santa Marinica de Turienzo, asomada casi al borde del camino jacobeo. Por no olvidar a la propia Santa Marinica, aguas abajo del Órbigo y aunque próxima al mismo, sita ya en el altiplano de la comarca del Páramo. Sin obviar la mención de varios lugares que la tienen por fiesta patronal, como por ejemplo Igüeña, también en el Bierzo Alto, o el pueblo maragato de Luyego, que celebra Santa Marina el primer sábado de mayo.

Curiosamente, en lejanos territorios sureños, otrora colonizados por nuestros antepasados, también encontramos rasgos de esta devoción y de esta fiesta patronal. En concreto en la Sierra de Aracena, entre Huelva y Badajoz y en lugares como Cañaveral de León, también aparece la parroquia de Santa Marina Mártir. Pero recordemos igualmente que del S XIII es el gótico templo de Santa Marina de Sevilla, uno de los primeros tras la conquista cristiana. Como también lo es su homónimo cordobés: Santa Marina de Aguas, probablemente así sobrenombrada en recuerdo de las tres fuentes que manaron en el lugar de martirio de la Santa. De fundación en el mismo S XIII y por auspicio del Rey Fernando III El Santo, dicho templo de Santa Marina, como en León, nomina uno de los barrios más antiguos de la ciudad califal. El cordobés pueblo de Fernán Núñez posee también otro ejemplo similar, pues su templo actual del XVIII sustituye al primitivo del XIII. En la provincia de Jaén, hay una localidad así denominada, como también en la de Salamanca y en varios territorios asturianos y gallegos, que tienen otro tipo de emplazamientos con este nombre, como ocurre en Ribadesella con la playa de Santa Marina. Muchos de ellos, celebran sus fiestas patronales coincidiendo asimismo con esta fecha del 18 de Julio. Es el caso de Xinzo de Limia.

En León tenemos nuestras fiestas de Santa Marina y afortunadamente, tras años sin celebración, podemos de nuevo disfrutar de las mismas gracias al empuje y abnegada labor de la asociación de vecinos y su universitaria cabeza visible Hermenegildo, ayudada por otros socios, vecinos y colectivos como la cofradía del Desenclavo, también del Barrio, así como en esta ocasión también con la colaboración de la asociación de hosteleros de nuestro barrio, y esperemos que además con el correspondiente apoyo municipal. El pasado año, muy acertadamente, se recuperó la tradición del enramado «del Pelayo», relacionada con arcaicos cultos vegetales, y año tras año irá adaptándose y mejorándose en su realización uniendo tradición y nuevas realidades de toda índole. Este año y en relación con estas tradiciones ancestrales, probablemente no sería difícil rescatar la famosa «hoguera de Santa Marina», donde cada vecino contribuía echando como combustible trastos viejos, con todo lo que conllevaba tal acción a nivel de interpretación simbólica y antropológica. Una hoguera que se encendía en el Espolón o en la «era del moro», cerca de la presa y del mítico «Molino Sidrón» -cuyo edificio por fortuna todavía se conserva como algo único en el casco urbano y esperemos que por tiempo, aunque muchos todavía desconozcan su existencia-. Como digo una hoguera que, allá a principios del XX, según el alcalde Eguiagaray Pallarés, año tras año rivalizaba en dimensiones y popularidad en nuestra ciudad con su otra célebre competidora: la de Santa Ana. Pero, si no es para estas fiestas, sin duda lo será para otra entusiasta edición, como también lo serán la distribución del típico arroz con leche, «la carrera de la rosca» en Puerta Castillo, o el enorme «mazapán de más huevos», por mencionar algunas. 

Felices fiestas a todos los nacidos, «criaos» y actuales vecinos del barrio. Gracias a la comisión, colaboradores y patrocinadores. Y que, además de este año, el que viene una vez mas todos podamos cantar también codo con codo el tradicional «Somos de Santa Marina, la gente más fina que habita en León»




 «Poner el ramo al Pelayo» 
Seccción:Tribuna. Diario de León, 14/07/2007
Héctor-Luis Suárez Pérez
Musicólogo 
  

Don Pelayo coronando el Arco de la Carcel o de Santa Marina en Puerta Castillo (León)
Foto gentileza de Vivaleon.com

EN NUESTRA ciudad, y tras el siglo XX, como ocurre en otras muchas de su entorno geográfico, pocas son las tradiciones vinculadas a cultos vegetales ancestrales que, a su vez y en relación con nuestro patrimonio costumbrista local, han logrado sobrevivir al desuso y el olvido. Manifestaciones éstas que, además, algunas ya en su día oportunamente habían mutado, tornando en urbanos arcaicos vestigios propios de un entorno rural natural.

La provincia y la propia capital, como numerosos territorios del noroeste ibérico, han mantenido a lo largo del calendario y ciclo anual múltiples restos correspondientes a este tipo de manifestaciones, presentándose bajo diversos formatos y significados en cada contexto, muchos otrora cristianizados. Véanse brevemente varios ejemplos. Comencemos su desglose por hacer mención de algunos ramos tradicionales, dotados como manda la costumbre de elementos vegetales para su adorno. Ramos que con posterioridad a su factura son ofrecidos y cantados a lo largo del año por todas nuestras comarcas. Es curioso destacar que persiste en Cea la costumbre de realizar todavía uno íntegramente vegetal, presentado sin bastidor de carpintero, que es protagonizado por los quintos y quintas todos los años como ofrenda cantada el día de la Candelaria. Otro ejemplo genérico lo constituye, en relación con las bodas, el tradicional adorno con enramadas de los pórticos de las iglesias. Así como el de los portales de los domicilios de novio y novia, además del propio «rastro» de paja, tendido en el itinerario comprendido entre la iglesia y ambas casas. Por no olvidar además el embellecimiento vegetal de carros, sillas y mesas de banquete, etc. según la costumbre de cada pueblo o comarca, e incluso de la misma capital. Representan otra expresión en esta línea los pequeños arcos vegetales que portan algunas mozas en procesiones de romerías como la Virgen del Villar, en Carrizo de la Ribera, o en el cortejo capitalino de las cantaderas, por mencionar alguna. Algo parecido también tenía lugar en ceremonias, hoy menos habituales, como eran las de la celebración «del cantamisa», o ingreso al sacerdocio de un hijo del pueblo. Durante su vertiente profana y festiva éste era obligado por sus vecinos, familiares y amigos a sentarse en gestatoria silla enramada. Justo es mencionar que algo similar también se verifica en los contenidos de las canciones pertenecientes al repertorio de la novia, entre otras celebraciones, en las bodas maragatas. Pero, a todo ello hay que añadir que, bien delante de la iglesia o de la casa natal del religioso, era costumbre que los mozos pinasen un mayo honorífico, con el chopo mas esbelto del contorno comunal. El último en el barrio de Santa Marina en esta línea se realizó allá por los años sesenta en los aledaños de la calle de la Hoz.

Otro tipo de ramos, ajenos al culto religioso aunque frondosos y cuajados de lazos o adornos, eran y todavía continúan siendo llegada la primavera y en especial en muchos pueblos durante la noche de San Juan, los que los quintos del año, con nocturnidad y secreto, ponían a sus novias o a las quintas, sujetos a sus balcones, puertas o cornisas. Igualmente, el concluir la puesta del techo o tejado a una nueva construcción, aún implica la colocación del ramo. Consiste en este caso en una simple y frondosa rama, a veces acompañada de una bandera, dispuestas en lo mas alto, que implican la consabida invitación a un ágape a los amigos, vecinos y familiares, a modo de celebración. Por su parte y bien con la llegada del mes de mayo, en muchos lugares de la provincia, como entre otros ya recoge Cayetano Bardón a fines del XIX en sus celebérrimos Cuentos en Dialecto Leonés relativos a tierras orbigueñas, se pinaba el árbol pelado conocido como el mayo, ya aludido anteriormente en su otra modalidad vinculada al homenaje al nuevo sacerdote local, conocido como misacanto o misacantano. Mayo que en algunos lugares, como tradicionalmente ocurre cada año en varios pueblos del entorno de las riberas bañezanas del Jamúz, se dota de un pelele de paja de perfil antropomórfico. Tras el mes de mayo, viene la festividad del Corpus y muchos de los lectores seguro que recuerdan como eran tapizados los pavimentos de los respectivos recorridos procesionales a base de espadañas, tomillos, retamas y otras hierbas aromáticas. Esto sucedía incluso en nuestro vecino barrio de San Martín para el Corpus Chico de Minerva. Pétalos de los niños de comunión, arcos en el recorrido, altares floridos, o ramas apoyadas en las paredes del mismo recorrido sacramental, e incluso alfombras vegetales, nos obligan, por razones de espacio, a cerrar esta pequeña aunque incompleta panorámica.

Como colofón hay que añadir que, desde tiempos romanos, como entre otros vestigios nos muestra la arquitectura, las guirnaldas y enramadas vegetales han flanqueado jubilosas tanto los desafiantes arcos de triunfo, destinados a perdurar en el tiempo por su factura en piedra, como sus homónimos de carácter efímero. Es el caso de los que en su día se erigieran provisionalmente, por ejemplo, en Ordoño II y durante el siglo XX, en honor del rey Alfonso XIII o del general Franco, con motivo de algunas de sus visitas a esta localidad. Pero todo este preámbulo halla su justificación en subrayar la fortuna de la que ha disfrutado nuestra ciudad, al haber podido conservar vivo hasta los años sesenta del pasado siglo, un vestigio relativo a dicha tradición festiva y vegetal de las enramadas de monumentos. Me refiero a la puesta del ramo del Pelayo. Costumbre que efímeramente fue retomada desde 1980 hasta 1985 por algunos mozos del barrio, entre los que en su día me encontré, y que para satisfacción de muchos, resurgirá en la actual edición festiva del barrio de Santa Marina. Eso sí, gracias al hecho de haberse recuperado meses atrás la imagen del «Pelayo» coronando el arco. Por cierto, flamantemente restaurada por nuestro querido Valentín Yugueros.

Sobre este asunto y para llevarlo a efecto del modo óptimo, quizá de cara a próximas ediciones, habrá que estudiar como conjugar procederes y maneras dictadas por la tradición y escrupulosísimas intervenciones respetuosas con la legislación vigente sobre la protección del patrimonio histórico-artístico y la del patrimonio natural y medio ambiente. Pero, aunque como resulta lógico y obvio por lo dicho, en la actualidad y a diferencia de antaño ya no se debe consentir el trepar anárquicamente al arco a una tropa de «alegres» mozos portando «a pelo» dieciséis o dieciocho metros de enramada. Enramada mas o menos gruesa y destinada, tras ser paseada a bombo y platillo cívica y procesionalmente por las calles del barrio, a coronar la entrañable imagen «del Pelayo» y los dos pináculos que la flanquean. Monolitos ambos que a la par eran dotados de sendas banderas de León y España. Y sin olvidar el bajar la espada del guerrero en señal de tregua, mientras se tiraban cohetes desde esa altura y entonábamos con los de abajo el «Somos de Santa Marina¿», como preámbulo a la hoguera, el enorme «mazapán de mas huevos», el arroz con leche, la queimada y el chocolate, la carrera de la rosca, las verbenas¿ Por esto, hay que felicitar y alentar a la Asociación de Vecinos del barrio de Santa Marina, así como a todos los vecinos en general, por que, entre otras iniciativas, se halla hecho el esfuerzo de contribuir a la recuperación de una tradición que forma parte de nuestro innegable patrimonio inmaterial y costumbrista relativo al género de manifestaciones vegetales expuestas.


Imágenes gentileza de José Luis Alonso de Santiago y el archivo de la Cofradía del Santo Cristo del Desenclavo (León) tomadas en las fiestas de 2016. En ellas aparece el "ramo", su traslado ritual hasta el Arco de Puerta Castillo, donde se coloca, el acto del pregón - en esa edición a cargo del autor de éste blog -, el reparto popular del mazapán y la mistela y varios bailes y actividades programadas para el evento. Todo publicado en https://www.facebook.com/groups/729589177216585/permalink/853113844864117/